LAS RAZONES DEL GUIONISTA

LA VIDA SECRETA DE WALTER MITTY

Nota: Abajo del todo encontrarás el relato de James Thurber “La vida secreta de Walter Mitty”, este artículo contiene spoilers de las películas del mismo nombre de 1947 y 2013.

El dibujante y escritor James Thurber publicó el 18 de Marzo de 1939 un pequeño relato con este nombre en la revista “The New Yorker”. Se trataba de Walter Mitty quien andando con su esposa o haciéndole recados no para de desconectarse de la realidad con fantasías vívidas que le hacen tener problemas en su vida cotidiana. El autor nos deja ver desde fuera cómo nuestro protagonista comete errores casi peligrosos gracias a su falta de concentración. Vive literalmente atrapado en medio de ensoñaciones que hoy podrían estar debidamente diagnosticadas. El personaje se inventa tramas imposibles en las que es el protagonista. Es comandante de una aeronave de guerra, es un cirujano altamente experimentado, es un gran tirador, es… un héroe, el hombre que resuelve toda clase de problemas, el imprescindible al que todos reconocen su valía y le profesan gran admiración y por qué no, cierta envidia.

Mientras, su vida cotidiana va a rebufo de las órdenes de su esposa y donde todo su mundo real comienza y acaba allí. El autor nunca pretendió ir más allá de las ensoñaciones individuales que ocurren sobre la vida cotidiana como sólo podría ocurrirle a un niño que se ha hecho adulto. Un niño es el piloto de su avión de juguete, es el doctor de su pala de plástico, es el constructor de su tractor de madera. Así vemos a Walter Mitty, pero con una esposa que no para de darle órdenes y de estar sorprendida de cómo su esposo está constantemente ausente sin ninguna razón.

Poco años después de la publicación de este breve y sencillo relato, la idea fue utilizada para recrear la vida de Walter que experimenta grandes ensoñaciones y aventuras mientras padece una vida gris. Se encargaron de la adaptación del relato original los guionistas Ken Englund, Everett Freeman y Phillip Rapp todos profesionales de una carrera dilatada. Así pues 1947 se estrena la película que llevará el mismo título del relato, La Vida secreta de Walter Mitty.

La vida secreta de Walter Mitty 1947

En este caso, si bien la trama resulta enormemente fiel al relato original, pero introducen un cambio:  Un Walter pusilánime dirigido por su mujer mientras fantasea sobre personajes heroicos que él encarna, pasa a convertirse en un hombre entrando en la madurez que vive con su madre quien hace con él lo mismo que hacía su esposa en el relato original. Se le hace difícil gestionar su vida cotidiana a pesar de ser un hombre talentoso e imaginativo. Sin embargo, esta vez, Walter Mitty tiene una vida, trabaja de editor en una revista utilizado por un jefe carente de talento que se apropia de sus ideas y lo trata como si fuese un tonto. Está claro que no lo despide porque lo necesita, pero no lo valora como individuo. Walter sigue teniendo sus ensoñaciones que afectan su realidad y posee una novia que espera de él que se comporte como la mayoría de los hombres de su época y no comprende ni las ensoñaciones ni el comportamiento de Walter.

Esta vida que le resulta difícil de vivir salvo cuando está imaginando ausente de toda realidad. A esta trama predecible los guionistas decidieron incorporar otra subtrama que acaba por ser la principal en la que un grupo de espías persiguen la pertenencia de un cuaderno que contiene el lugar donde se ocultan grandes obras de arte robadas por los nazis en la reciente II Guerra Mundial. En una situación azarosa es Implicado por una bella dama en apuros dentro de una trama de espionaje. Ya saben, en el 47 la Segunda Guerra Mundial acaba de terminar y las intrigas de espionaje estaban a la orden del día.  Walter seguirá haciendo las veces de un hombre pusilánime pero esta vez en modo rescatador de damiselas en apuros. Justo cuando todo está en contra, los suyos le toman por loco y los enemigos quieren anularlo, en un golpe de efecto se desvela la verdad delante de un policía y los malvados son capturados. Walter queda al fin como un héroe y valorado por los suyos. En este punto, la naturaleza del personaje sigue siendo la misma, en el relato original el protagonista a penas forma parte de la realidad y en la película es el azar el que le devuelve la autoestima y el orgullo al personaje produciendo un cambio importante en su vida. Se queda con la chica que intenta salvar, se despide de la novia que no lo comprende, lo ascienden en el trabajo y su madre deja de darle órdenes como si se tratara de un criado. Un personaje aparentemente condenado es arrastrado por el azar y salvado por el mismo. No escapa a la estructura social en la que habita, simplemente encuentra un mejor lugar en ella.

¿Y bien? el pobre Walter se quedó congelado hasta que le encargaran al guionista Steve Conrad realizar una nueva adaptación para la película que se estrenara en el 2013 dirigida por Ben Stiller sin olvidar a su formidable director de fotografía Stuart Dryburgh que construye una narrativa visual capaz de contarnos a través del color y maravillosos encuadres la evolución del personaje de principio a fin.

La Vida secreta de Walter Mitty 2013

 Las similitudes entre el relato original y la película que se hiciera a partir de este son muchas más de lo que aparentan, sólo que la adaptación de 2013 obliga a ver tanto el relato de Thurbe como la película dirigida por Norman Z. McLeod como si fuesen una misma cosa.

De manera que en esta nueva versión Walter sigue teniendo un trabajo vinculado al mundo editorial, esta vez de una revista, vive solo, pero está enamorado platónicamente de una compañera de trabajo, se ocupa de la mudanza de su madre y de trasladar un antiguo piano regalo de su padre a la nueva residencia. Su función es gestionar los negativos de los fotógrafos que trabajan para la revista Life que justo al comenzar el relato ha sido vendida y va a sacar su último número. La revista se digitalizará de manera que incluso el trabajo de Walter corre el peligro de desaparecer.

Su vida, enormemente gris azulada sigue estando aderezada de las fantasías de Walter y sus consecuentes problemas. En este contexto es cuando Steve Conrad como guionista hace algo magistral. Introduce la estructura del camino del héroe para que Walter encuentre algo de si mismo en el desarrollo de la película, tome la iniciativa y por su propia mano se libere para al fin encontrarse a sí mismo. Y es justo aquí cuando “La vida secreta de Walter Mitty” deja de parecerse al relato y la versión cinematográfica anterior.

Walter se verá obligado a salir de su área de confort en busca del negativo que enviara el fotógrafo estrella para la que sería la última portada de la revista. Según todos es la quintaesencia de Life y el pobre no encuentra el negativo. Tras una serie de azarosas pesquisas decide salir con la ropa de calle que llevaba ese día rumbo al aeropuerto a buscar al fotógrafo para que le diga dónde está el negativo de esa fotografía. Él le ha regalado una cartera de cuero con el lema de la revista y una carta donde le prodiga halagos gracias a su trabajo conjunto a pesar de no conocerse. En algún momento Walter tira la cartera a la basura.

Nuestro protagonista emprende el viaje, llega a un lugar remoto, debe subir a un helicóptero pilotado por un borracho, se lanza al océano y es atacado por un tiburón. Acto seguido llega a una isla en la que explota un volcán y a pesar de ver al fotógrafo subido a un avión, debe huir del volcán y fracasa.

Vuelve a casa derrotado hasta que encuentra una nueva pista y decide intentarlo una vez más. Emprende un viaje solitario hasta que al fin da con el fotógrafo. Se produce una escena memorable en la que observando a un animal bello decide no fotografiarlo y preservar en su memoria aquel momento. Walter pregunta por el negativo y este le dice que estaba en la cartera que le regaló. Frustrado Walter le pregunta que había en el negativo pero el fotógrafo le da una respuesta aún más misteriosa. Acto seguido se van a jugar.

Hay tres subtemas en la narración. La primera es la relación tóxica que tiene con un jefe que no comprende ni se identifica con lo que allí hacen y que finalmente le despide. Alguien cruel que disfruta humillando a los empleados.

Otra subtrama, quizá la más importante es la del enamoramiento que Walter tiene con su compañera de trabajo y que le impulsa a realizar el viaje. Y finalmente el gestor de una página de citas que le acompaña todo el camino sirviendo de contraste a través de todas las experiencias que va viviendo Walter.

Al volver a casa Walter conversa con su madre que le dice que ha conservado la cartera y este encuentra el negativo que andaba buscando, la quintaescencia de Life. Se encara con su exjefe mientras le entrega el negativo, resuelve vender el piano de su padre y se acerca a su excompañera de trabajo con quien evidentemente va a desarrollar una relación.

¿Y la quintaescencia? Es una fotografía suya observando unos negativos. Representa el espíritu de los trabajadores de aquella revista que la nueva Life deja atrás.

Si has leído el artículo anterior del Camino del héroe, aquí te dejo el enlace: EL VIAJE DEL HÉROE verás que sigue con precisión la estructura. Es decir. El héroe sale de su área de confort en una misión, al cruzar el umbral de lo normal fracasa, luego vuelve a intentarlo hasta que llega al fondo de la caverna donde encontrará al mago, este tiene apariencia de fotógrafo y le hace ver a un tigre blanco de las nieves sin fotografiarlo. Retorna a casa y encuentra la respuesta y al hacerlo se produce su liberación. Hay un ayudante que es el gestor de la web de citas, hay un amor inspirador que es la chica. Lucha contra el hombre, en la escena en que pelea con el piloto de helicópteros, lucha contra la naturaleza cuando es atacado por un tiburón y escapa de un volcán. Por otro lado, el héroe suele tener una habilidad que utiliza en el momento indicado y esta es que sabe usar los patinetes y desciende una cuesta de muchos kilómetros con él. Walter, impulsado por el afán de hacer bien su trabajo, por el amor que tiene por aquella chica que se convierte en su musa y la búsqueda de lo que llama la quinta esencia no se percata hasta el final de que esta quintaesencia no es otra cosa que él mismo. Toda la estructura del relato visual presentado a manera de comedia opera a nivel simbólico directamente en el subconsciente mostrando el camino a seguir para la autorrealización personal.

El camino del héroe suele tener dos vertientes, una fácil representada por el color negro o azul y otra roja. La realidad de esta decisión se ve representada en la elección del coche de alquiler, en el color del avión que le lleva y en la ropa que usa al final de la historia. Y aquí es donde la fotografía cumple su papel. Walter sale de una vida gris azulada para volver a una llena de colores saturados. Es preciso recordar que tanto el relato original como las dos películas fueron hechas en tono de comedia y que nunca tuvieron la más mínima pretensión épica con lo que no deja de ser una representación estructuralmente limpia y a la vez inesperada. La evolución del personaje está clara como propuesta. Alguien poseído por sus ensoñaciones pasa en la primera película a ser protagonista involuntario de una rocambolesca trama que se resuelve bien por azar. Al fin y al cabo, Walter no deja de ser un rescatador de damiselas en apuros a un nuevo modelo de sujeto que sale del confort de sus fantasías a vivir una realidad plena y satisfactoria. He aquí, la magia de la vida secreta de Walter Mitty.

James Thurbe

James Thurber

(Columbus, Ohio, 1894 – Manhattan, NY 1961)

La vida secreta de Walter Mitty (1939)

(“The Secret Life of Walter Mitty”)

Originalmente publicado en The New Yorker (18 de marzo de 1939);

My World and Welcome to It

(Nueva York: Harcourt, Brace and Company, 1942, 324 págs.);

The Thurber Carnival

(Nueva York: Harper & Brothers, 1945, 369 págs.)

      —¡Pasaremos!

       La voz del comandante era como el punto de ruptura de una delgada capa de hielo. Llevaba su uniforme de gala, con la blanca gorra llena de galones dorados e inclinada gallardamente sobre un ojo gris de fría mirada.

       —No lo conseguiremos, señor. Es demasiado huracán, si me lo pregunta.

       —No se lo pregunto, teniente Berg —replicó el comandante—. ¡Enciendan los reflectores! ¡Aceleración a ocho mil quinientas revoluciones! ¡Vamos a pasar!

       El martilleo de los motores fue en aumento: ta-poqueta-poqueta-poqueta-poqueta-poqueta. El comandante contempló el hielo que se formaba en la ventana del piloto. Se acercó a ella y manipuló una hilera de mandos complicados.

       —¡Conectar el motor auxiliar número ocho! —gritó.

       —Conectado el motor auxiliar número ocho —repitió el teniente Berg.

       —¡A toda máquina en la torreta número tres! —bramó el comandante.

       —¡A toda máquina en la torreta número tres!

       Los tripulantes, entregados a diversas tareas en el enorme y estruendoso hidroavión de la Navy, con sus ocho motores, se miraron unos a otros y sonrieron.

       —El viejo nos hará pasar —se dijeron—. Al viejo no le asusta ni el infierno.

       —¡No tan deprisa! ¡Conduces demasiado deprisa! —exclamó la señora Mitty—. ¿Por qué tantas prisas?

       —¿Hmmm? —Hizo Walter Mitty, mirando con sobresaltado asombro a su esposa, instalada en el asiento contiguo al suyo.

       Le parecía grotescamente extraña, como una mujer desconocida que le hubiera gritado entre una multitud.

       —Ibas a noventa —dijo ella—, y ya sabes que no me gusta pasar de los setenta. Ibas a noventa.

       Walter Mitty siguió conduciendo hacia Waterbury en silencio, mientras el rugido del SN202, a través de la peor tormenta en veinte años de vuelos de la Navy, se extinguía en las remotas e íntimas rutas aéreas de su mente.

       —Vuelves a estar muy nervioso —dijo la señora Mitty—. Tienes otra vez uno de aquellos días. Me gustaría que te visitara el doctor Renshaw.

       Walter Mitty detuvo el coche frente al edificio donde tenían que arreglarle el pelo a su esposa.

       —Recuerda comprar aquellos chanclos mientras me arreglan el pelo —dijo ésta.

       —No necesito chanclos —repuso Mitty.

       Ella guardó de nuevo el espejo en su bolso.

       —Ya lo hemos discutido mil veces —dijo, apeándose del coche—. Ya no eres ningún jovencito. —Mitty aceleró un poco el motor—. ¿Por qué no te has puesto los guantes? ¿Acaso los has perdido?

       Walter Mitty rebuscó en un bolsillo y extrajo de él los guantes. Se los puso, pero después de dar ella media vuelta y entrar en el edificio y de parar él ante un semáforo en rojo, se los volvió a quitar.

       —¡En marcha, hombre! —ordenó un guardia al cambiar de nuevo el semáforo, y Mitty se puso apresuradamente los guantes y reanudó su camino.

       Durante un buen rato, recorrió sin rumbo las calles, y después pasó ante el hospital, camino de la zona de aparcamiento.

       —… Es Wellington McMillan, el banquero millonario —dijo la atractiva enfermera.

       —¿Sí? —respondió Walter Mitty, quitándose lentamente los guantes—. ¿Quién lleva el caso?

       —El doctor Renshaw y el doctor Benbow, pero hay aquí dos especialistas, el doctor Remington, de Nueva York, y el profesor Pritchard-Mitford, de Londres, que ha llegado en avión.

       Abrióse una puerta que daba a un largo y frío pasillo, y apareció el doctor Renshaw. Estaba ojeroso y parecía aturdido.

       —Hola, Mitty —dijo—. Estamos pasando un mal rato con McMillan, el banquero millonario e íntimo amigo personal de Roosevelt. Obstreosis del tracto ductal. ¡Y terciaria! Me gustaría que le echaras un vistazo.

       —Con mucho gusto —repuso Mitty.

       En el quirófano se susurraron presentaciones.

       —El doctor Remington, el doctor Mitty. El profesor Pritchard-Mitford, el doctor Mitty.

       —He leído su libro sobre la estreptotricosis —dijo Pritchard-Mitford, estrechándole la mano—. Un trabajo brillante, caballero.

       —Gracias —dijo Walter Mitty.

       —No sabía que estuviera usted en Estados Unidos, Mitty —rezongó Remington—. Traernos a Mitford y a mí aquí para una terciaria ha sido como llevar leña al bosque.

       —Es usted muy amable —dijo Mitty.

       Una máquina enorme y complicada, conectada a la mesa de operaciones por numerosos tubos y cables, empezó a emitir en aquel momento un poqueta-poqueta-poqueta.

       —¡El nuevo anestesiador está fallando! —gritó un interno— ¡Y en todo el Este no hay nadie que sepa repararlo!

       —¡Tranquilo, joven! —dijo Mitty con una voz baja y fría.

       Se acercó a la máquina, que ahora funcionaba con un poqueta-poqueta-quip-poqueta-quip, y empezó a manipular con delicadeza una hilera de mandos centelleantes.

       —¡Denme una pluma estilográfica! —ordenó secamente.

       Alguien le entregó una estilográfica y Mitty extrajo un pistón defectuoso de la máquina e insertó la pluma en su lugar.

       —Esto resistirá diez minutos —dijo—. Continúen la operación.

       Una enfermera murmuró apresuradamente unas palabras ante Renshaw y Mitty vio que éste palidecía.

       —Se ha declarado la coreopsis —explicó Renshaw, nerviosamente—. ¿Quieres hacerte cargo, Mitty?

       Mitty le miró a él y a la amedrentada figura de Benbow, que era aficionado a la bebida, y miró también los rostros serios e inquietos de los dos grandes especialistas.

       —Si ustedes así lo desean… —dijo.

       Le pusieron una bata blanca, se ajustó una mascarilla y unos finos guantes de goma, las enfermeras le tendieron unos resplandecientes…

       —¡Frene, hombre de Dios! ¡Cuidado con ese Buick! —Walter Mitty accionó los frenos—. Se ha equivocado de camino, buen hombre —dijo el encargado del aparcamiento, mirando atentamente a Mitty.

       —Sí, ya lo veo —murmuró Mitty, empezando a retirarse cautelosamente de la pista marcada con un «Sólo salida».

       —Déjelo aquí —dijo el encargado—. Yo se lo aparcaré. —Mitty se apeó del coche—. ¡Oiga, mejor si deja la llave!

       —Perdone —murmuró Mitty, entregando las llaves al encargado.

       Éste entró de un salto en el coche, maniobró con insolente pericia y lo aparcó allí donde le correspondía.

       «Son tan fanfarrones —pensó Walter Mitty mientras caminaba a lo largo de Main Street— que creen saberlo todo». Una vez intentó sacar las cadenas, en las afueras de New Miltford, y sólo consiguió enrollarlas alrededor de los ejes. Tuvo que venir un hombre con una camioneta de auxilio para extraerlas, un joven y sonriente mecánico. Desde entonces, la señora Mitty siempre le obligaba a entrar en un garaje para que le quitaran las cadenas. La próxima vez, pensó, llevaré el brazo derecho en cabestrillo, y de este modo no se reirán de mí. Llevaré el brazo derecho en cabestrillo y verán que no me es posible quitar las cadenas sin ayuda. Asestó una patada al aguanieve del borde de la acera.

       —Chanclos —se dijo a sí mismo, y empezó a buscar una zapatería.

       Cuando salió de nuevo a la calle, con los chanclos en una caja debajo del brazo, Walter Mitty empezó a preguntarse qué otra cosa le había dicho que comprara su mujer. Se lo había dicho un par de veces, antes de que salieran de casa para dirigirse a Waterbury. En cierto modo, odiaba esas excursiones semanales a la ciudad, ya que siempre había algo que salía mal. ¿Kleenex —pensó—, jabón, hojas de afeitar? No. ¿Pasta dentrífica, cepillo dental, bicarbonato, carborundum, iniciativa y referéndum? Diose por vencido. Pero ella lo recordaría. «¿Dónde está el cómo se llame? —Pediría—. No me digas que te has olvidado del cómo se llame». Un vendedor de periódicos pasó voceando algo acerca del proceso de Waterbury.

       —… Tal vez esto refresque su memoria. —El fiscal de distrito presentó súbitamente una pesada pistola automática a la tranquila figura que ocupaba la tarima de los testigos—. ¿Ha visto esto antes?

       Walter Mitty cogió el arma y la examinó con ojo de experto.

       —Es mi Webley-Vickers 50.80 —contestó apaciblemente.

       Circuló un murmullo de excitación alrededor de la sala y el juez reclamó orden en ella.

       —Tengo entendido que es usted un tirador de primera con toda clase de armas de fuego —dijo con tono insinuante el fiscal de distrito.

       —¡Protesto! —gritó el abogado de Mitty—. Hemos demostrado que el acusado no pudo haber disparado la bala. Hemos demostrado que la noche del catorce de julio, él llevaba el brazo derecho en cabestrillo.

       Walter Mitty alzó un momento la mano y los locuaces abogados guardaron silencio.

       —Con cualquier tipo conocido de pistola —dijo sin inmutarse—, hubiera podido matar a Gregory Fitzhurst a cien metros de distancia, con mi mano izquierda.

       Se desencadenó un pandemónium en la sala del juicio. Un grito de mujer se impuso a la algarabía y, de pronto, Walter Mitty se encontró con una preciosa joven morena entre los brazos. El fiscal de distrito la golpeó brutalmente y, sin abandonar su silla, Mitty le soltó un puñetazo en la barbilla.

       —Perro miserable…

       —Galletas para el perrito —dijo Walter Mitty.

       Dejó de caminar y las casas de Waterbury se alzaron en la brumosa sala del juzgado y volvieron a rodearle. Una mujer que pasaba por allí se rio.

       —Ha dicho «galletas para el perrito» —explicó a su acompañante—. Ese hombre hablaba sólo de galletas para el perrito.

       Walter Mitty se apresuró a seguir su camino y entró en una tienda A. & P., pero no la primera que encontró, sino otra más pequeña, calle arriba.

       —Quiero galletas para un perrito joven —dijo al dependiente.

       —¿Alguna marca en especial, caballero?

       El mejor tirador de pistola del mundo reflexionó unos momentos.

       —En la caja pone: «Los cachorros las piden a ladridos» —explicó Walter Mitty.

       Su esposa saldría de la peluquería dentro de quince minutos, dedujo Mitty al consultar su reloj, a no ser que hubiera problemas en el secado, cosa que a veces sucedía. A ella no le gustaba llegar al hotel la primera; quería que él estuviera esperándola allí como de costumbre. Encontró una gran butaca de cuero en el vestíbulo, frente a una ventana, y depositó los chanclos y las galletas de perro en el suelo, a su lado. Después cogió un ejemplar ya viejo de Liberty y se sentó en la butaca. «¿Puede Alemania conquistar el mundo desde el aire?»

       Walter Mitty examinó las fotos de bombarderos y de calles convertidas en ruinas.

       —… El fuego de la artillería ha destrozado los nervios del joven Raleigh, señor —dijo el sargento.

       El capitán Mitty le miró a través de la maraña de sus cabellos.

       —Llévelo a la cama —dijo con aire de aburrimiento—. Con los demás. Volaré solo.

       —Pero no puede hacerlo, señor —protestó el sargento, angustiado—. Se necesitan dos hombres para manejar aquel bombardero y los antiaéreos hacen del aire un infierno. El circo de Von Richtman se encuentra entre nosotros y Saulier.

       —Alguien tiene que cargarse aquel depósito de municiones —dijo Mitty—. Voy a sobrevolarlo. ¿Un poco de brandy?

       Sirvió una copa para el sargento y otra para sí. La guerra tronaba y silbaba alrededor del refugio subterráneo e incluso llamó a la puerta. Se abrió una hendidura en la madera y varias astillas volaron a través de la habitación.

       —Ha faltado muy poco —observó el capitán Mitty con indiferencia.

       —La barrera de artillería se nos está acercando —dijo el sargento.

       —Sólo se vive una vez, sargento —replicó Mitty, con su leve y fugaz sonrisa—, ¿no cree?

       Se sirvió otro brandy y se lo echó al coleto.

       —Nunca he visto un hombre capaz de darle al brandy como usted, señor —dijo el sargento—. Le ruego que me perdone, señor.

       El capitán Mitty se levantó y se ciñó su enorme automática Webley-Vickers.

       —Son cuarenta kilómetros a través del infierno, señor —comentó el sargento.

       Mitty terminó un último brandy.

       —Después de todo —dijo suavemente—, ¿qué hay que no sea un infierno?

       El martilleo de los cañones iba en aumento; se oía el tableteo de las ametralladoras y desde algún lugar llegaba el amenazador poqueta-poqueta-poqueta de los nuevos lanzallamas. Walter Mitty se encaminó hacia la puerta del refugio tarareando «Auprés de ma blonde». Después se volvió y saludó con la mano al sargento.

       —¡Hasta la vista! —dijo…

       Algo golpeó su hombro.

       —Te he estado buscando en todo el hotel —dijo la señora Mitty—. ¿Cómo se te ha ocurrido esconderte en esta butaca vieja? ¿Cómo esperabas que te encontrase?

       —Cosas que se acercan —contestó vagamente Walter Mitty.

       —¿Qué? —exclamó la señora Mitty—. ¿Has comprado las… cómo se llaman? ¿Las galletas para el perrito? ¿Qué hay en esta caja?

       —Chanclos —respondió Mitty.

       —¿No pudiste ponértelos en la tienda?

       —Estaba pensando —dijo Walter Mitty—. ¿No se te ha ocurrido alguna vez que a veces yo pienso?

       Ella le miró fijamente.

       —Cuando lleguemos a casa te tomaré la temperatura —aseveró.

       Atravesaron las puertas giratorias, que emitían un silbido débilmente burlón al empujarlas. El aparcamiento distaba un par de manzanas, y ante la farmacia de la esquina ella dijo:

       —Espérame aquí. Había olvidado algo. No tardaré ni un minuto.

       Tardó más de un minuto. Walter Mitty encendió un cigarrillo. Empezó a llover, lluvia con cellisca en ella. Permaneció de pie junto a la pared de la farmacia fumando… Echó los hombros atrás y juntó los tacones.

       —Al diablo con el pañuelo —dijo Walter Mitty desdeñosamente.

       Tras una última chupada a su cigarrillo, lo lanzó a lo lejos con un rápido movimiento. Y a continuación, con aquella leve y fugaz sonrisa jugueteando en sus labios, se enfrentó al pelotón de fusilamiento, erguido e inmóvil, orgulloso y despreciativo, Walter Mitty el Invencible, inescrutable hasta el último momento.

Carmelo Lattassa

Carmelo Lattassa, periodista, fotógrafo y experto en comunicación.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies